Ninguno
¿Ahora qué le digo a mis estudiantes?, por Cecilia O'Neill
08 de marzo de 2018
A propósito de la sentencia del caso Arlette Contreras revisa la más reciente columna de Cecilia O'Neill, vicedecana de la carrera de Derecho.

Para quienes la enseñanza del Derecho integra nuestro proyecto de vida, la decisión de los jueces de Ayacucho de absolver a Adriano Pozo no es solo desconcertante sino desesperanzadora.

¿Cómo haremos los profesores que sí creemos en el Derecho para explicar lo que ha pasado? ¿Cómo haremos para que los miles de estudiantes que sueñan con ser abogados no pierdan la fe? 

 Malas noticias llegan todos los días y a pesar de eso los chicos siguen yendo a clases con la esperanza de hacer una diferencia, pero la agresión de Arlette Contreras y la absolución de Adriano Pozo tiene algo especial: la vimos todos, y todo sigue igual. 

Gritos. Arlette escapa de un cuarto de hotel en que Adriano está desnudo y fuera de control. Las cámaras registran su desesperación por huir, la agresiva inacción de los vigilantes, el golpe. Al suelo. Arrastre violento. ¿En qué dirección? A la habitación. Todos lo vimos. Se nos encogió el corazón. 

 Tentativa: “Acción con que se intenta, experimenta, tantea o se prueba algo”, dice el diccionario. ¿Qué intentaba Adriano? ¿Qué más tendrían que haber registrado las cámaras para poder creer y amparar a la víctima? Cero empatía con ella. Se le exige una carga probatoria tan cuesta arriba que termina siendo una prueba diabólica. 

 Y lo peor no es solamente que haya un agresor libre y amenazante. Lo peor, quizás, es que hay una mujer con identidad, con rostro, con nombre y apellido, con una historia de vida a cuestas, que ha expuesto por dos años y medio lo más importante de su vida: su dignidad. Somos millones las personas que la hemos visto en una situación que nunca debió producirse, pero pasó. Una experiencia íntima que se volvió pública para, al menos, ser útil para combatir este tipo de violencia y se haga justicia. Pero ni eso. Arlette Contreras compartió con todo el país una experiencia tan privada como horrenda, para nada. 

 No es posible vivir en paz sin garantizar que quienes detentan el poder de administrar justicia estén a la altura de este encargo. Sabemos que muchos de nuestros jueces no lo están, pero lo que han hecho en este caso es algo peor que aplicar mal una ley. Tenían el poder en sus manos para hacer el bien y han propiciado que el mal termine siendo banal. 

Y el mal es banal, generalizado, aceptado, cuando quien lo detenta no es ni siquiera consciente del daño que produce. Quizás el resultado habría sido distinto si los jueces a cargo hubieran entendido la real dimensión del poder que tienen para cambiar las cosas. Más allá de las presuntas deficiencias formales heredadas de la fiscalía, tenían el poder de enviar una señal de esperanza a miles de mujeres y hombres. No asumieron su responsabilidad amparados en una supuesta formalidad reñida con la justicia Es esta incapacidad de entender su propia misión lo que los hace banales. 

Mientras tanto, nuestro proyecto de vida felizmente cuenta con un grupo de profesores y estudiantes que sí creen en la fuerza del Derecho y que están dispuestos a hacer algo. Se encuentran trabajando en un proyecto de investigación que hacia la mitad de este año entregará al Perú una herramienta jurídica para combatir ciertas formas de violencia. 

​ Es hora de que quienes tenemos a la enseñanza del Derecho como parte de nuestro proyecto de vida le digamos a nuestros estudiantes lo que escuché alguna vez en un discurso de graduación: “construir nuestra historia es perseguir aquello por lo que nuestros ojos brillan”.

Cecilia O'Neill de la Fuente, Vicedecana de la Facultad de Derecho de la Universidad del Pacífico

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