Ninguno
El (no tan) secreto bancario
19 de enero de 2021

​Un concepto creado por banqueros italianos hace varios siglos tiene sus días contados. Escribe Enrique Castellanos, profesor de Economía de la Universidad del Pacífico. Fuente: Semana Económica.

Madame Roland, política de la revolución francesa, antes de morir en la guillotina dijo: "!Oh libertad!, ¡cuántos crímenes se cometen en tu nombre!". La famosa frase bien podría ser adaptada al concepto del secreto bancario. En los últimos 50 años, cuántos crímenes (narcotráfico, corrupción política, evasión de impuesto y hasta terrorismo) florecieron al amparo de esta noción con la complicidad de muchos gobiernos y la banca privada internacional.

El secreto bancario, como muchas cosas en esta vida, fue una buena idea que se terminó convirtiendo en algo completamente diferente. La idea de guardar reserva sobre la información financiera de un cliente era para defenderlo de que algún gobierno de turno se viera tentado –sobre todo en épocas de crisis económica o política– a apropiarse (perdón, la palabra correcta es "nacionalizar") del dinero de sus ciudadanos. Su historia se remonta al siglo XVI cuando mercaderes y banqueros del norte de Italia y Suiza lo instituyen como una práctica comercial y financiera. Luego, con el paso de los años, el concepto empieza a incorporarse en la legislación de varias ciudades-estado europeas.

Sin embargo, el secretismo bancario toma fuerza y se vuelve en dogma de fe de la industria a partir de la Ley de Bancos suiza de 1934, ya que ésta criminaliza y castiga el divulgar información bancaria de un cliente a terceros. Replicando esta idea, en las décadas posteriores, varias decenas de islas y pequeños estados alrededor del mundo se convirtieron en los destinos finales de muchas fortunas familiares. Desafortunadamente, los banqueros privados – tentados por las pingües ganancias que dejaba esta actividad– poco o nada hicieron por cuestionar la procedencia de los fondos que captaban. Así, miles de criminales también encontraron islas y puertos seguros dónde enterrar sus tesoros mal habidos…

 

El viento cambia de dirección

El ataque a las torres gemelas en el 2000 significó un antes y un después para el secreto o el sigilo bancario. Las autoridades norteamericanas descubrieron que al abrigo de cuentas secretas en Suiza y otros paraísos fiscales, los terroristas tenían la cancha servida para financiar sus crímenes. Al convertirse en un tema de seguridad nacional para los EE.UU., el secretismo bancario tenía sus días contados. Vía nuevas legislaciones, el Patriot Act del 2001 y el Fatca del 2010, el gobierno gringo y su Internal Revenue Service (IRS o equivalente a la Sunat) empezó a tener acceso a todas las cuentas de los norteamericanos en el mundo.

Un par de años después, la agencia tributaria del Reino Unido también se le ocurrió copiar la idea norteamericana con el fin de combatir la evasión tributaria. Finalmente el 2014, otros países principalmente europeos agrupados bajo la OECD (Organización de Estados Desarrollados) replicaron la idea y crearon los Common Reporting Standars (CRS) para intercambiar de manera automática entre países información bancaria. Hoy, más de cien países en el mundo han firmado el CRS e intercambian información sobre las cuentas bancarias de sus ciudadanos desde el 2017.

"Nuestro Secreto"

Como vemos, el secretismo en la banca está desapareciendo rápidamente en todo el mundo y el Perú tampoco no ha sido la excepción. En corto tiempo, el único secreto que quedará en nuestro país estará en la letra del famoso vals criollo.

Desde el 2004, con la creación del Impuesto a las Transacciones Financieras (ITF) la supuesta privacidad bancaria en el Perú comenzó a desvanecerse, pues la Sunat ahora tenía información de casi todos los movimientos de nuestras cuentas. En el 2015, como parte de la adecuación al CRS, el gobierno peruano decretó una amnistía para que los peruanos con cuentas bancarias en el extranjero se pongan a derecho, brinden su información financiera y paguen los impuestos adeudados. En ese momento a nadie se le ocurrió invocar el derecho a la reserva bancaria. Un año más tarde, en el 2016, el gobierno suscribió el CRS comprometiéndose a brindar data bancaria de extranjeros en Perú y obtener dicha data de los peruanos en el exterior. El proceso ya se está haciendo efectivo con la información bancaria al cierre del 2019.

Sólo ahora último, con la disposición de la Sunat publicada del 31 de diciembre pasado que permite acceder a las cuentas bancarias locales de personas naturales y jurídicas es que se levantan las voces argumentando inconstitucionalidad y un supuesto ataque a la intimidad personal. Yo me pregunto: ¿acaso el intercambio de información fiscal de la CRS firmado por el Perú hace ya cinco años no es también una flagrante violación de la reserva bancaria? Después de todo, el artículo 2 de nuestra constitución que protege este "sacrosanto secreto" no distingue entre las cuentas que maneja un peruano dentro o fuera del país, ni tampoco las que un ciudadano extranjero mantiene en nuestro país.

Es curioso, en el Perú, hay un registro público de todos nuestros activos inmobiliarios, los vehículos y maquinarias que poseemos y hasta de algunas empresas que tenemos. Casi toda la información está allí disponible, no solo para la Sunat, sino para cualquier persona que la busque y nadie se rasga las vestiduras.

Al final, el secreto bancario fue una idea al amparo de la cual, muchos bancos y países se aliaron con criminales de toda calaña e hicieron muchísimo dinero. Estiraron el concepto como un chicle y aplicaron un doble estándar del tamaño de Monte Blanco (solo para usar un ejemplo suizo).

Como en cualquier negocio, sea comercial o financiero, siempre estará el compromiso de proteger diligentemente la información privada de nuestros proveedores y clientes. Sin embargo, la banca no puede utilizar esta noción para convertirse en cómplice de ene tipo de delitos. Como lo era fumar en aviones o ascensores, circos con animales salvajes, profesores que daban reglazos, el secreto bancario será una de esas cosas del siglo pasado que simplemente pasarán a ser inaceptables.

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