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Palabra, oración, texto: algunos problemas del análisis del discurso

por Jorge Wiesse Rebagliati

 

El título de este artículo podría crear algún desconcierto, y es que, en realidad,  quizás habría sido mejor empezar por el final: “palabra”, “oración”, “texto” parecen términos obvios, corrientes (por lo menos para profesores o estudiosos del lenguaje y la literatura);“análisis del discurso”, no tanto. Por ello, conviene aclarar primero este concepto. “Análisis” se toma aquí en el sentido original de descomponer una totalidad en partes para poder comprenderla mejor; “discurso”, en el sentido de ‘serie de palabras o frases empleadas para manifestar lo que se piensa o siente’, sobre todo si constituye el todo al que se llama texto y que es el resultado de las múltiples relaciones que pueden presentarse entre las referidas palabras y frases. En este sentido, análisis del discurso y análisis del texto son términos sinónimos.

Consideradas desde esta perspectiva, la palabra y la oración puede que no sean conceptos tan obvios. En todo caso, adquieren un nuevo sentido si se consideran como niveles de articulación de un texto y no como los elementos aislados que una perspectiva demasiado limitada del análisis puede llevar a pensar. El texto es la unidad superior “natural” de la actividad discursiva. El análisis lingüístico no puede reducirse al estudio de las palabras ni terminar en la oración si es que busca ser fiel a la naturaleza de las cosas.

Si el texto es la unidad central del análisis lingüístico, conviene preguntarse lo siguiente: ¿qué significa comprender un texto? Este artículo intenta responder, modestamente, a la pregunta anterior. De paso, busca presentar algunos de los principales problemas que surgen cuando se desea resolver la cuestión en los distintos niveles aludidos (es decir, el nivel de la palabra, el nivel de la oración y el nivel del texto).

Examinemos, en primer lugar, a  la palabra. Para ello, considérese la siguiente oración:

(1)

Remercí un grotón en la lúa trítica.
                            (Julio Cortázar)

El texto (1) –por comodidad, se designará con el término texto también a las oraciones– no puede entenderse porque no se conocen los significados de las palabras que lo componen. Ciertamente, es posible reconocer que se trata de palabras españolas y hasta es posible intentar un análisis sintáctico: sujeto [tácito o implícito]: “yo”; núcleo del predicado: el verbo “remercí” (pretérito indefinido); objeto directo: la construcción sustantiva “un grotón”; y circunstancia o complemento circunstancial: “en la lúa trítica”, un modificador indirecto cuyo término es una construcción sustantiva. Sin embargo, no es posible comprender el citado texto porque no se conocen los significados de las palabras usadas en él. Provisionalmente, puede sostenerse, entonces, que comprender un texto es comprender los significados de las palabras que lo componen. De ahí la utilidad de los diccionarios y la necesidad de adquirir un léxico amplio. Lamentablemente, ningún diccionario podrá despejarnos el significado del texto de Cortázar porque sus palabras son creaciones inéditas y exclusivas, y como su autor no ha dejado ni siquiera un glosario (para no mencionar a un diccionario) Cortázar-español/español-Cortázar, el texto quedará incomprendido por toda la eternidad.

Esto último llama la atención acerca de los límites de los diccionarios. La idea puede elaborarse un poco más. Obsérvese el texto (2):

(2)

Un enfermo lee La Prensa, como en facistol.
Otro está sentado palpitando, longirrostro [...]
                           (César Vallejo, Trilce, LV)

Aquí, tres expresiones podrían causarnos problemas: “La Prensa”, “facistol” y “longirrostro”. Consultados los diccionarios, solo una –“facistol”– aparece: ‘atril grande para libros de canto que se pone en el coro de las iglesias’. Las otras deben explicarse de otra manera: “La Prensa” es el nombre de un periódico limeño que se fundó en 1903 y dejó de publicarse en 1984. Conocer lo que significa este nombre es conocer su referencia, aquello a lo que se refiere. Se trata, más bien, de un conocimiento “enciclopédico”, en el sentido en que es más propio de una enciclopedia que de un diccionario. De ahí, también, la utilidad de las enciclopedias, que complementan a los diccionarios. Ni en la enciclopedia ni en el diccionario aparece “longirrostro”, que es un neologismo, una palabra nueva creada por César Vallejo. Es un adjetivo que significa ‘de cara larga’, pues resulta de la unión de longo (‘largo’) y rostro (‘cara’). Para comprender esta palabra es necesario activar nuestro propio conocimiento del idioma y de sus posibilidades.

 

Como se ha podido notar, los diccionarios son limitados. No incluyen a todas las palabras del idioma ni a todas las formas de las palabras del idioma (de los verbos, por ejemplo, solo se consigna el infinitivo). Sin embargo, no por ello son inútiles. Al contrario, son utilísimos si se trabaja con ellos con los límites que ellos mismos imponen. Es necesario comprenderlos para aprovecharlos. Por ejemplo, para el conocimiento cabal de un texto no puede ser suficiente  el contentarse con consultar la primera acepción registrada en la entrada del diccionario (un error típico de quien no sabe manejar un diccionario): es necesario revisar todas las acepciones hasta dar con la acepción justa, la que corresponda exactamente al contexto de la palabra en cuestión. Al respecto, considérese el siguiente texto:

(3)

Encuentre la razón de 4 y 16* .

De las numerosas acepciones del término razón en el Diccionario de la Lengua Española22 de la Real Academia Española [DRAE], una –la 11: ‘Mat. Cociente de dos números o, en general, de dos cantidades comparables entre sí’- es la que corresponde al sentido del texto. No sería adecuado, en   este contexto, por ejemplo, entender razón según la primera acepción (‘facultad de discurrir’) o la quinta (‘motivo, causa’).

El juego entre palabra y contexto es un elemento indispensable para comprender un texto, lo que resulta evidente después del ejercicio anterior. Existen otras manifestaciones de este juego. Examínense por ejemplo los siguientes textos:

(4a) Se viaja al extranjero por varios motivos: ....................................*
  
(4b) El primer fenómeno que advierte cualquier observador del firmamento es la diferencia de brillo de las estrellas: mientras algunas se distinguen claramente a primera vista, otras ............*

Un hablante competente podrá llenar las líneas punteadas de la oración (4a) con la siguiente secuencia: “por estudios, por negocios, por necesidad”, y las de la (4b) con esta otra: “exigen el uso del telescopio”.

¿Qué es lo que permite completar estos textos incompletos? Una estrategia que sirve  para comprender un texto: la predicción, la capacidad que poseemos para completar un texto mediante el contexto (en el ejercicio 4a, “por varios motivos” permite la continuación mediante una secuencia catafórica; en el 4b, “otras” –contrapuesta al “algunas” anterior– obliga a una correspondencia temática) . Ello indica, además, que no basta comprender palabras aisladas para comprender un texto y que es necesario articularlas en conjuntos mayores: las construcciones o sintagmas, y las oraciones.

Las palabras se organizan en unidades mínimas de sentido: las oraciones. El nivel sintáctico es clave para la comprensión de un texto. Sin una adecuada organización sintáctica, el texto es incomprensible; y es que el sentido de un texto no surge aisladamente, sino a través de la articulación de las palabras en unidades sintácticas, y de manera especial, en oraciones. Es, por lo tanto, especialmente importante corregir un conjunto de problemas que afectan la articulación de los textos (sobre todo, de los escritos) y que impiden o retrasan la construcción del sentido.

Una breve revisión al siguiente conjunto de oraciones puede ofrecer un panorama general de los principales problemas sintácticos que perturban o imposibilitan la construcción del sentido.

En la siguiente oración, el redactor pretendía decir que las tratativas para solucionar el pliego de reclamos no habían dado resultado. Sin embargo, lo expresó de la siguiente manera:

(5) En las tratativas para solucionar el pliego de reclamos no han dado resultados.

En el texto anterior, la preposición “En” parece introducir  una circunstancia, un complemento circunstancial; sin embargo, la concordancia con el verbo “han dado” (obligatoria solo en el caso de sujeto y núcleo de predicado, no en el de núcleo de predicado y modificadores como la circunstancia) hace pensar que la secuencia “En las tratativas para solucionar el pliego de reclamos” puede interpretarse, también, como sujeto de la oración. Esta ambigüedad –típica del anacoluto “de indefinición” (Cfr. Coiné I, 1, p.4)– puede resolverse fácilmente en este caso (el lector corregirá el error mentalmente y, por ejemplo, quizás elimine la preposición “En” y fije como sujeto a la construcción “las tratativas para solucionar el pliego de reclamos”, que es, precisamente,lo que el redactor quiso decir); pero también es cierto que ya se produjo un bache en la lectura y que en casos extremos el fenómeno puede terminar en la perplejidad.

En la oración (6), el redactor quiso decir que el incremento de los productos derivados de petróleo no cubriría el déficit de Petroperú (aunque es más probable que hubiera querido significar que el incremento de los precios de los productos derivados del petróleo no cubriría el déficit de Petroperú). La oración, sin embargo, resultó como sigue:

(6) El incremento de los productos derivados del petróleo no cubrirán el déficit de Petroperú.

La discordancia entre incremento (el núcleo del sujeto) y cubrirán podrían explicarse por la proximidad de la construcción productos derivados del petróleo: el redactor –o la redactora– ha concordado el núcleo del predicado con el elemento del sujeto más cercano, no con el núcleo del citado sujeto. Tal como está, la discordancia afecta, pero no impide, la comprensión. Luego de percatarse de la incorrección, el lector activará estrategias interpretativas y, probablemente, reconstruya sin mayor problema el sentido. No obstante, la fluidez del texto ya se quebró.

El siguiente texto ofrece un ejemplo típico de insensibilidad hacia la lengua escrita:

(7) El terrorismo está arrasando con las chacras de productos agrícolas; destruyen puentes, reservorios etc.

Uno puede razonablemente preguntarse cuál es el sujeto del verbo “destruyen”. ¿Será “el terrorismo”, que es el sujeto de la primera proposición? Parece que sí, pero la proposición que resulta de reconstruir la elipsis (“el terrorismo destruyen”) nos impacta como absolutamente agramatical, por lo discordante. ¿Qué ha sucedido? Que el redactor ha presupuesto como evidente la identidad de los sujetos de la primera y la segunda proposición, los cuales temáticamente puede que sean iguales; pero gramaticalmente, no. Un error de este tipo puede permitirse, hasta cierto punto, en la lengua oral, donde la situación, el contexto y hasta la posibilidad de corrección inmediata pueden transformarlo en un detalle venial. Sin embargo, la lengua escrita exige más cuidado, precisamente porque no puede apoyarse en la situación ni cabe en ella posibilidad de corrección.

La discordancia expresada en el texto (8) también crea problemas en la construcción del sentido:

(8) Las solicitudes que carezcan de algunos de los documentos requeridos serán declarados automáticamente nulas.

En efecto, debe entenderse que son las solicitudes las que serán declaradas nulas; no obstante, en el texto (8), “declarados” no concuerda con “solicitudes”, sino con “documentos”, lo que vuelve posible que los “nulos” sean los documentos, pues la ambigüedad activa estrategias de interpretación alternativas. La discordancia –en este caso, la discordancia de predicativo (Cfr. Coiné II, 2, p.4)– crea vínculos gramaticales que perturban, en última instancia, al sentido y, consecuentemente, a la comprensión.

Obsérvese la oración (9):

(9) Fue desarrollado en 1972, saliendo al mercado en 1987.

“¿Fue desarrollado [...] saliendo [...]?” ¿Debería entenderse que el producto o el invento no especificado en el texto (9) fue desarrollado mientras salía? Pero esto no puede ser así, pues se desarrolló en 1972 y salió en 1987. Un uso incorrecto del gerundio (“saliendo”) crea un problema de comprensión. En realidad, el gerundio sirve para expresar, fundamentalmente, acciones simultáneas al verbo: “Bajó las escaleras llorando” (bajar las escaleras y llorar son acciones simultáneas); puede generar confusiones cuando se usa para referirse a una acción posterior a la expresada por el verbo.

La confusión puede presentarse de otra forma:

(10) Los participantes que resultaren desaprobados en la sustentación de la memoria final podrán hacerlo en una segunda y última oportunidad.

En efecto, ¿qué es lo que “los participantes” pueden hacer?: ¿desaprobar en una segunda y última oportunidad o sustentar en una segunda y última oportunidad? La lógica indica que podrían sustentar en segunda y última oportunidad, pero la amplitud del significado de hacer –un “verbo baúl” (Cfr.Coiné II, 1, p.2)– y la indeterminación del pronombre lo posibilitan la referencia con desaprobar. En síntesis, hacerlo puede referirse tanto a ‘desaprobar’ como a ‘sustentar’. Aunque con ello no se respete el mejor estilo, habría que seguir aquí la recomendación del emperador Augusto, quien prefería la claridad a la elegancia, y escribir palabras que comparten la misma raíz. Así, la oración (10a) puede corregirse de la siguiente manera:

(10b) Los participantes que resultaren desaprobados en la sustentación de la memoria final podrán sustentarla en una segunda y última oportunidad.

En determinados contextos (didácticos, por ejemplo, o pragmáticos), una oración es igual a un texto. Lo más frecuente, sin embargo, es que un texto incluya varias oraciones. Podría suceder que comprendiéramos todas las palabras y todas las oraciones de un texto y aún así no comprendiéramos el texto (es el caso, por ejemplo, del discurso poético en sus versiones más herméticas). A la luz de lo anterior, ¿podría decirse todavía que comprender un texto es comprender un conjunto de oraciones? Compárense la serie de oraciones (11a) y el texto (11b):

(11a)
  
i Un bosque es un conjunto de vegetación.
ii En los bosques, la densidad del estrato de los árboles determina el desarrollo de los estratos vegetales inferiores.
iii Los matorrales son vegetales inferiores.
iv Los pastos son vegetales inferiores.
v Existen numerosas variedades de bosques.
vi Ciertos tipos de bosques dependen de las especies vegetales que componen los bosques.
vii Ciertas variedades de bosques dependen del clima.
viii Algunas variedades de bosques dependen del suelo.
ix Las formas más desarrolladas de bosques corresponden a las selvas intertropicales y subtropicales.*

 

(11b)
  
Un bosque es un conjunto de vegetación donde la densidad del estrato de árboles determina el desarrollo de los estratos vegetales inferiores, como los matorrales y los pastos. Las variedades de bosques son numerosas. Estas dependen de las especies que los componen, del clima, del suelo etc. Las formas más desarrolladas corresponden a las selvas intertropicales y subtropicales.*

¿Cuál es la diferencia entre la serie de oraciones (11a) y el texto (11b)? Intuitivamente, la ausencia, en (11b), de repeticiones y la presencia, también en (11b), de elementos vinculantes: los pronombres “donde”, “estas” y “los”, por ejemplo. Más que la presencia misma de estos elementos, lo interesante es que cumplen una función vinculante, que crean una cohesión imposible de encontrar en una lista de oraciones. Más que una mera colección de oraciones, un texto es un conjunto de oraciones que se vinculan entre sí mediante un conjunto de relaciones que se listan a continuación:

a) la referencia:  en los textos, unas partes se refieren a otras. Algunas palabras de una oración aluden a una palabra o a un conjunto de palabras de otras oraciones o de la misma oración. En el texto (11b), “donde” se refiere a “conjunto de vegetación”; “estas” a “variedades de bosques”; “los” a “bosques”; la última oración no se comprendería si no se reconstruyera la elipsis: “Las formas más desarrolladas [de bosques]...” Obsérvese el siguiente texto:

 

(12) Se planteó un conjunto de medidas que favorecían principalmente a los obreros y a los empleados. Entre estos estaban el aumento general de sueldos y salarios, y el control de precios de los artículos de primera necesidad.*

 

              En el texto (12), la discordancia entre “estos” (el término referente) y “un conjunto de medidas [...]” (el término referido) perturba o, por lo menos, retrasa la comprensión, pues la referencia mal orientada (“estos” se refiere a “un conjunto”, y no a “los obreros y a los empleados”) posibilita ilaciones ilógicas (no tiene sentido decir “Entre los obreros y los empleados estaban el aumento general de sueldos y salarios, y el control de precios de los artículos de primera necesidad”) que deberían corregirse luego de un momento de desconcierto inicial.
  
b) la conexión lógica:  en todo texto coherente, las proposiciones se unen mediante relaciones lógicas que, a veces, se expresan con conectores lógicos o textuales. En el texto (11b), las ideas se vinculan lógicamente, aunque esta relación no esté expresada por conectores, a diferencia de los textos siguientes, en donde la conexión sí se manifiesta a través de conectores:

 

(13) En gran parte, la atmósfera está compuesta de nitrógeno. Además, en ella se encuentran otros gases, como el oxígeno.*
  
(14) Las raíces profundas de los árboles pueden buscar reservas subterráneas de agua. Por tanto, los árboles dependen en menor grado de la regularidad de las lluvias que otros vegetales.*

 

En el texto (13), las proposiciones se vinculan mediante una relación de suma expresada mediante además, un conector lógico de adición; en el texto (14), la segunda oración es consecuencia de la primera. En este contexto, por tanto cumple función de conector consecutivo.
  
c) la estructura lógica: la información de los textos se organiza según una estructura lógica, lo que significa que entre las proposiciones existen relaciones jerárquicas (así, las ideas se dividen en ideas generales y particulares) y que la secuencia en que se disponen guarda cierto orden. Considérese, por ejemplo, el texto (15):

 

(15) Durante el año, las temperaturas del aire sufren variaciones muy desiguales según las zonas de latitud. En la zona tropical, estas variaciones son débiles. En las regiones próximas al trópico, la amplitud de la variación es un poco mayor, pero no sobrepasa los 10 grados centígrados. Por el contrario, las latitudes distantes se caracterizan por un régimen estacional térmico más contrastado, sobre todo en el hemisferio norte.*

 

            En el texto anterior, un enunciado general, una idea general (“las temperaturas del aire sufren variaciones muy desiguales según las zonas de latitud”) introduce a una serie de ideas particulares (“variaciones débiles en la zona tropical”, “variación mayor en las regiones próximas al trópico”, “variación muy contrastada en las latitudes distantes”). El orden es importante: el texto va de lo general a lo particular; las ideas particulares apoyan o desarrollan lo dicho en el enunciado general y, a la inversa, la idea general incluye en un plano más abstracto lo expresado por las ideas particulares. A veces, la ausencia de jerarquía de las ideas de un texto y la disposición de las ideas en un orden aleatorio –el colocar, por ejemplo, a la idea general no al final o al principio de un parágrafo, sino entre las ideas particulares– pueden generar no pocos problemas de comprensión.

En conclusión, comprender un texto es comprender sus palabras y comprender sus oraciones. Sin embargo, es mucho más: es comprender las relaciones internas que ocurren dentro de él y que permiten considerar al texto como un todo, o mejor, como una línea del discurso, compuesta a su vez por muchas líneas, como la misma palabra texto –vinculada con tejido, textil– lo sugiere.


*

Ejemplo extraído de Técnicas de lectura y redacción. Lenguaje científico y académico, de Carlos Gatti Murriel y Jorge Wiesse Rebagliati (Lima: Universidad del Pacífico, 2000 [1992], 217 pp., serie “Apuntes de Estudio”,7)

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