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Algunos aspectos de la adquisición de la lengua materna por Cecilia Montes Corazao |
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Uno de los aspectos más fascinantes del lenguaje humano es el relacionado con la adquisición o el aprendizaje de un idioma.1 No son sólo los especialistas los que se maravillan ante la rapidez con la que el niño va adquiriendo el dominio de las reglas de su lengua materna, sino también todos aquellos que han tenido la oportunidad de confrontar este proceso con el largo y trabajoso camino que implica el aprendizaje de una segunda lengua. Si bien el interés en este campo es muy antiguo, las últimas décadas se han visto marcadas por un incremento vertiginoso de publicaciones en el área de adquisición del lenguaje. Asimismo, la psicolingüística y la neurolingüística se han consolidado como campos de trabajo interdisciplinario en los cuales lingüistas conjugan esfuerzos con sicólogos y neurólogos para hallar respuestas a las preguntas sobre adquisición, procesamiento y pérdida de lenguaje. Todo esto atestigua que el interés por los aspectos más misteriosos del lenguaje está hoy más vivo que nunca.2 El objetivo de este artículo es simple: presentar al lector los principales caminos que han seguido las reflexiones en torno del tema de la adquisición de la lengua materna. La mayoría de los lingüistas y sicólogos coinciden en reconocer que existe un "período crítico" durante el cual el niño es capaz de adquirir la lengua de sus padres siempre y cuando esté expuesto a ella durante un lapso razonable y en circunstancias normales. Hay menos consenso, sin embargo, respecto de la edad en la que concluye este período. Las principales pruebas a favor de la existencia de un período crítico son el resultado de los estudios llevados a cabo con niños que, por diferentes motivos, crecieron en un contexto de aislamiento lingüístico total o parcial. Estos estudios indican que la edad en la que finaliza el aislamiento de estos niños parece resultar determinante en su posterior desarrollo lingüístico.3 La influencia del entorno lingüístico del niño en su adquisición de la lengua, por el contrario, es un tema que genera mucho más controversia, y es a partir de él que surgen dos teorías divergentes de adquisición: la posición conductista y la innatista. La lingüística americana de la primera mitad del siglo recibió una fuerte influencia de la psicología conductista, efecto que se dejó sentir por muchos años. Según esta corriente, el niño nace con un conjunto limitado de habilidades, como la capacidad para vocalizar y distinguir sonidos, y la capacidad para establecer asociaciones. Asimismo, los conductistas explican el proceso de aprendizaje de la lengua como la adquisición gradual de un conjunto de hábitos lingüísticos (L. Bloomfield, Language, 1933). Leonard Bloomfield, máximo exponente de la lingüística conductista, describe este proceso de la siguiente manera: la madre usa la palabra pelota cada vez que está con el niño en el jardín y que el objeto pelota está a la vista. Esto conduce al niño a intentar repetir la secuencia de sonidos que escucha y, además, a asociarla con un objeto específico (pelota) y con el contexto en particular (jardín) en el que se da el intercambio. La pelota se convierte en un estímulo para que el niño pronuncie la misma secuencia de sonidos cada vez que la ve. El hábito de producir la misma secuencia de sonidos en un contexto específico (jardín) conducirá al niño a producir esa secuencia de sonidos en ese contexto (jardín) aun en ausencia del objeto. En este momento el niño ha avanzado un paso más; ha adquirido la capacidad de referirse a objetos que no están presentes (a esta característica, que parece ser privativa del lenguaje humano, se conoce como desplazamiento). Paralelamente, la madre reforzará los aciertos lingüísticos del niño, ayudándolo a aproximarse cada vez más a la pronunciación de un adulto. Si bien este proceso puede explicar la adquisición de vocabulario por parte del niño y la aproximación al sistema fonológico (pronunciación) de sus padres, parece mucho más difícil explicar cómo adquiere, por ejemplo, la estructura oracional, a partir de asociaciones. En todo caso, cabe destacar que de acuerdo con esta postura, el entorno lingüístico (estímulo y refuerzo lingüístico de la madre) y extralingüístico (objetos y situaciones circundantes) cobra una importancia vital en el desarrollo lingüístico del niño. Esta teoría condujo a muchos a pensar durante un tiempo que tanto la imitación (repetición) de formas lingüísticas por parte del niño, como la corrección gramatical de la producción del niño, por parte de la madre, cumplían una función determinante en el proceso de adquisición de la lengua. En la actualidad sabemos que esto no es cierto. La imitación de palabras y estructuras más largas o complejas no es un común denominador en el proceso de adquisición de la lengua materna, y en aquellos casos en que el niño imita, suele hacerlo de manera selectiva: imita palabras nuevas en construcciones que ya ha adquirido y repite construcciones novedosas que contienen palabras familiares. Esta imitación selectiva es considerada un indicador de que la imitación no responde a un mero impulso (relación estímulo–respuesta), sino que es utilizada, más bien, como una estrategia real de aprendizaje. El hecho de que el niño produzca errores como decido en lugar de dicho, errores que comete por analogía con formas regulares de la lengua, tales como partido o dormido, es otro claro indicio de que el niño está haciendo algo más que imitar o repetir usos de los adultos. La importancia que se le otorgó al entorno lingüístico también condujo a los lingüistas a considerar la posibilidad de que los padres cumplieran un papel importante en la adquisición de la lengua reforzando los enunciados correctos emitidos por el niño, pero, sobre todo, corrigiendo los enunciados agramaticales o incorrectos. Los estudios llevados a cabo para comprobar esta hipótesis demuestran, sin embargo, que los padres tienden a fijarse en la adecuación semántica de los enunciados que el niño produce y no en su estructura gramatical. Por ejemplo, no es de extrañar que la reacción de una madre ante el enunciado "Mamá no es un chico; él es chica", producido por un niño pequeño sea de aprobación. El enunciado es gramaticalmente incorrecto, pero se ajusta a la realidad. En la década del 50 hubo una revolución en la lingüística americana con la publicación de Estructuras sintácticas de Noam Chomsky (1957). Las repercusiones de las afirmaciones que hizo entonces Chomsky cambiaron el rumbo de la lingüística moderna. Retomando el pensamiento cartesiano del siglo XVII, el autor postulaba que gran parte del conocimiento que poseen los hablantes de su lengua es innato. Esta afirmación incide directamente en el tema de adquisición de la lengua materna. Si aceptamos que nacemos con un conjunto de principios lingüísticos que condicionan nuestro aprendizaje de la lengua, la influencia del entorno lingüístico se reduce notablemente. El desarrollo lingüístico del individuo está sujeto a un proceso de maduración que poco o nada tiene que ver con agentes externos. Basta que el niño reciba una dosis adecuada de exposición a la lengua y ésta activará la facultad lingüística que le permitirá inferir las reglas de la gramática de su lengua materna. El entorno lingüístico no tiene, pues, según esta posición, mucho más valor que el de un detonante. Chomsky utiliza dos argumentos para justificar su posición y restarle valor al entorno lingüístico. Sostiene, en primer lugar, que si el niño no naciera dotado de un conocimiento lingüístico previo que le permitiera establecer los parámetros y reglas de su lengua materna, sería imposible que lograra inferirlos a partir de su entorno lingüístico. El niño percibe el mensaje verbal como un continuo sonoro en el que las partes (sonidos, sílabas, palabras, frases) no están delimitadas. ¿Cómo puede el niño deducir la estructura lingüística del mensaje sin un conocimiento previo de las categorías del lenguaje y de sus posibles combinaciones? En segundo lugar, el autor afirma que además de la "obscuridad" lingüística del mensaje que el niño escucha, éste no resulta un buen modelo de lenguaje para el niño ya que en situaciones comunicativas normales las personas suelen producir enunciados incompletos o gramaticalmente incorrectos, o éstos pueden verse viciados por factores externos, tales como ruidos o interrupciones de terceros.4 Esta última afirmación llevó a los lingüistas a realizar estudios basados en la observación de situaciones reales de interacción entre la madre y el niño. El resultado de estas investigaciones indica que el lenguaje que la madre usa con el niño es a menudo una versión simplificada pero, por lo general, correcta de la lengua adulta. Esta forma lingüística simplificada, a la que se le conoce con el nombre de habla infantil (motherese, en inglés), presenta características prosódicas, léxicas, sintácticas y conversacionales claramente definidas. La articulación es más lenta y hay patrones marcados de entonación, se utiliza un vocabulario reducido con referentes inmediatos en el entorno del niño, los enunciados son más cortos y más simples, se utilizan más preguntas y órdenes, y es frecuente la repetición de las mismas palabras o frases en un lapso corto. La comprobación de que existe una forma lingüística especialmente usada con niños contradice el presupuesto chomskiano según el cual el entorno lingüístico del niño no es un modelo adecuado de la lengua materna. El habla infantil es una versión modificada, pero correcta, de la lengua. Esto último no implica, sin embargo, que el habla infantil cumpla un papel determinante en el desarrollo lingüístico del niño. Las distintas interpretaciones de los estudios llevados a cabo a este respecto apuntan en direcciones contrarias.5 Según algunos, el uso del habla infantil facilita la comprensión y, por lo tanto, agiliza el desarrollo lingüístico del niño; otros concluyen que un niño sólo podrá adquirir estructuras más complejas de la lengua, de manera productiva, si el habla a la que está expuesto las incluye. Hoy día, la posición más aceptada es aquélla según la cual el habla infantil cumple, en el mejor de los casos, un papel facilitador, pero no indispensable, en el desarrollo lingüístico del niño. Puede haber mucha variación en las actitudes culturales hacia los niños. Existen grupos lingüísticos (por ejemplo, es el caso de los hablantes de la lengua quiché, que habitan en la región montañosa de Guatemala) en los que el niño no es considerado un interlocutor hasta cerca de los dos años de edad. Pero aun en estos casos el niño aprende su lengua materna.6 En la actualidad, gran parte de los investigadores en el área de adquisición de la lengua materna ha optado implícitamente por una posición conciliadora que reconoce la capacidad lingüística innata del individuo sin restarle importancia a la influencia del entorno lingüístico en el que se desenvuelve. Por un lado, es difícil explicar la rapidez con la que el niño adquiere el sistema complejo de reglas que conforman la gramática de su lengua materna a partir de la información lingüística de su entorno sin recurrir a una propuesta de tipo innatista. Por otro lado, los estudios muestran, de hecho, que los padres cumplen a menudo la labor de facilitadores, ya sea corrigiendo y reforzando de manera directa o indirecta la producción verbal del niño, ya sea mediante el uso de un habla infantil que permite al niño una mayor comprensión lingüística y extralingüística. Un presupuesto importante de
los estudios actuales es la noción de etapas continuas de desarrollo. El
niño formula reglas cada vez más complejas que se construyen sobre la base
de una regla anterior. Lo más rescatable, sin embargo, del trabajo de los
últimos años es que realza el papel activo que cumple el niño en el
descubrimiento y la construcción del sistema complejo de reglas que
conforman la gramática de su lengua. No olvidemos que el niño que imita en
un primer momento, lo hace de manera selectiva, y que con el tiempo, la
imitación cede paso a la formulación y al examen de hipótesis sobre los
principios que rigen la gramática de su lengua materna. Podemos concluir
afirmando, paradójicamente, que el niño que finalmente produce decido
en lugar de dicho ha dejado de ser un buen imitador y está camino a
convertirse en un hablante competente de su lengua materna. |
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