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¿Castellano o español?

"Estoy escribiendo un trabajo con y para mis estudiantes sobre la lengua en la cual escribo este mensaje. Necesito argumentos y referencias bibliográficas que convaliden mi hipótesis. Por motivos sentimentales, yo prefiero llamar a esta lengua castellano. [...] Datos históricos y [el uso] de los hispanoparlantes insinúan que castellano parece ser más adecuado, pero [al cruzar] las fronteras, quizás español sea el término más adecuado." 

Ángel Fernández, California State University at Fresno, af022@csufresno.edu

 

Coiné: Quizás los mismos términos en los que formula su consulta ayuden a plantear el problema y a esbozar una respuesta (si no completa, por lo menos razonada). En forma más esquemática, éstos podrían exponerse así:

 

1

Existen motivos sentimentales para escoger los nombres de las lenguas (en este caso, castellano en lugar de español);

  

2

Los datos históricos y el uso de los "hispanoparlantes" parecen apuntar a una preferencia de castellano sobre español;

  

3

"Fronteras afuera", es decir, considerando el idioma en contraste con otros (el inglés, el italiano, el francés, por ejemplo), parecería preferible decir español en lugar de castellano, que es la forma usual del nombre del idioma en otras lenguas (así, se dice spanish y no castilian, spagnolo y no castigliano, espagnol y no castillan).

 

Cada una de estas tres formulaciones merece discutirse. Una breve historia –extraída libremente del libro Castellano, español, idioma nacional (Buenos Aires: Losada, 1968 [1943], 149 pp.), de Amado Alonso– quizás pueda ayudar a precisar algunos aspectos de la cuestión.

 

En la Edad Media, el castellano era el romance que se hablaba en Castilla, "una pequeña comarca de la Cantabria, montañas de Santander y borde septentrional de la meseta castellana" (p.9). Castilla, a su vez, debe su nombre a la línea de castillos con que el reino cristiano de Oviedo tenía fortificada su frontera para contener al sur de los Montes Cantábricos las arremetidas de los árabes (p.9). Castellano, sin embargo, es nombre poco frecuente en el Medioevo. Se prefiere decir vulgar o romance (es decir, lengua hablada) por oposición al latín (la lengua escrita por antonomasia), p.11. Decir romance castellano debió ser equivalente a decir ahora castellano de América o español americano. Cuando hoy se dice castellano o español americano, el término central es castellano o español: "americano" no se siente como nombre del idioma (p.12). En la Edad Media, castellano no debió sentirse tampoco como tal: "Así,pues,mientras Castilla fue un puñado de condados o un reino entre los reinos peninsulares, su romance, cuando se especificaba, se llamó casi únicamente castellano, para distinguirlo de los romances de los leoneses, aragoneses, gallegos, catalanes" (p.14).

 

La unificación española a partir de Castilla (terminada en 1492 con la conquista de Granada) y el peso internacional de España a partir del siglo XVI determinaron la adopción del neologismo español (usado esporádicamente durante la Edad Media), que convivió sin problemas con el arcaísmo castellano. El uso de español coincide con una nueva conciencia de la nacionalidad, asociada a la idea del estado nacional que tanta importancia adquirió en el Renacimiento a lo largo de Europa. Amado Alonso explica el fenómeno así: "[...] el toscano y el castellano se llamarán luego italiano y español; la lengua de oïl se llamará francés, con el significado de ‘el idioma usado por los franceses’ y no de ‘el idioma procedente de la isla de Francia’. Sin embargo, no hay que entender que el cambio de nombre obedeciera a intenciones determinadas por raciocinio: el neologismo español, en el joven siglo XVI, correspondía a un nuevo contenido plasmado con los afectos y los intereses vitales de los hablantes. Este nuevo sentido era, por un lado ultracastellano, pues significaba un idioma hablado 'naturalmente' también fuera de Castilla; por otro, supracastellano, como de rango superior; y aunque el seguir muchos usando el nombre viejo no era, de modo alguno, impugnar el nuevo sentido, lo cierto es que éste se sintió más propia y adecuadamente aludido con el nombre nuevo" (p.17). En realidad, español ubicaba al idioma en la esfera de las grandes lenguas nacionales: francés, italiano, alemán, inglés (p.31).

 

El proceso reseñado anteriormente guarda analogías con el que transformó al ático en griego y el latín en romance. Explica Alonso: "En Grecia había varias hablas de cultivo literario, el ático, el dórico, el jónico, el eólico, pero la Koiné, la lengua común y principal instrumento de la civilización griega, se formó sobre el dialecto ático, como nuestra Koiné sobre el castellano; y ‘griego’ designa esa Koiné, aunque las demás hablas fueran también griegas, así como 'español' designa nuestra lengua general aunque las demás regionales sean también españolas. Además, al hacerse Koiné, el griego perdió sus caracteres estrictamente áticos, como el español los castellanos, y hasta hubo en Grecia reacciones puristas aticistas como en España ha habido y hay puristas castellanistas. Paralelamente, cuando se constituyó desde el Lacio la Romania o Imperio Romano, el latín dejó de llamarse así y se llamó lingua romana, romanicum, romanice, romance, aludiendo no a la lengua de la ciudad de Roma, sino a la Romania, nombre común del Imperio. El nombre latine, lingua latina, perduró en la tradición para indicar especialmente la lengua literaria clásica" (pp.102-103, n.2).

 

La administración borbónica, dentro de la cual se creó la Real Academia Española, trajo un cambio de óptica. Curiosamente, la Academia –que se llama a sí misma "Española"– publicó su primera y más grandiosa obra (el diccionario llamado "de Autoridades") con el título Diccionario de la lengua castellana (Madrid, 1726-1739). Castellano se prefirió entonces a español, pero por otras razones. El afán uniformador y centralizador borbónico reconocía en Castilla "el solar del idioma", mientras que las creaciones lingüísticas de otros lugares se consideraban "particularismos" sin validez extrarregional (p.91). Como se entendía que la lengua había llegado a su cima en la época clásica (el Siglo de Oro), resultaba necesario preservarla en su pureza (de ahí la justificación del purismo). El historicismo (manifestado sobre todo en la ortografía de base etimológica y no fonética) también es un ideal de la nueva actitud (p.92). Amado Alonso resume el fenómeno en los siguientes términos: "Estas ideas dieciochescas, íntimamente relacionadas con otras formas de la convivencia, eran principalmente el centralismo uniformador, con su corte castellana; el empeño casticista que pone su última instancia en el origen castellano de la lengua, y el propósito purista que, para detener la corrupción disgregadora, apela a la referencia más precisa y más segura de Castilla; por último, la índole erudita, racionalista e historicista de aquel siglo, que se satisfacía más, por estos motivos, llamando a nuestro idioma castellano" (p.100).

 

Como en España, en América alternan los dos nombres. Así, el título de la prestigiosa obra de Andrés Bello es Gramática de la lengua castellana, y las dos últimas Constituciones políticas del Perú señalan que el castellano es idioma oficial del estado (arts. 83° de la de 1979 y 48° de la de 1993). Por otro lado, el Inca Garcilaso de la Vega traduce los Diálogos de León Hebreo "de italiano en español" (p.113). La preferencia, sin embargo, va por castellano. Ello puede explicarse como rezago de las ideas eruditas dieciochescas, pero parece más probable que tenga que ver con el recelo que puede causar el término español referido al idioma cuando existe un estado, el estado español, que además fue la metrópoli de donde surgieron los estados hispanoamericanos. Castellano no ofrece resistencias (no existe Castilla como estado nacional); español, sí (sí existe España como estado nacional). Explica el punto Alonso: "[...] castellano es un nombre señalativo del idioma; español resulta todavía connotativo y significativo. Castellano no se identifica con ningún estado constituido; español sí" (pp.122-123).

 

Luego de este recorrido histórico, conviene retomar lo planteado inicialmente. En primer lugar, los "motivos sentimentales" no deben dejar de considerarse, pues éstos configuran contenidos, connotaciones, valoraciones que, a final de cuenta, determinan los significados de la lengua y son la raíz de los cambios lingüísticos. Castellano y español alternan sin problemas en el uso diario de muchos hispanoablantes y resultaría excesivo intentar imponer una forma sobre la otra. El campo de la preferencia, según Amado Alonso, no debe ubicarse en el terreno del "debe decirse", sino precisamente en el de los "afectos, impulsos, fantasías, anhelos" (p.112).

 

Dicho esto, debe afirmarse que "los datos históricos" avalan tanto el uso de castellano como el uso de español. Usar castellano en lugar de español por "razones históricas" (Castilla como "el solar del idioma", como el origen de la lengua) parecería, actualmente, una justificación demasiado ligada a un casticismo negado en los hechos (se sigue creando con el idioma a lo largo de todo el mundo hispánico y no sólo en Castilla). Resulta igualmente curioso escoger castellano (y no español) por razones "geográficas", como se deduce de la formulación del art. 3° de la  Constitución española ("1. El castellano es la lengua española oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla. 2. Las demás lenguas españolas serán también oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas según sus estatutos."). Al respecto, deben recordarse las pertinentes observaciones de Amado Alonso: "Cuando se dice que el vasco, el gallego, el catalán son idiomas españoles, el adjetivo tiene una significación geográfico-política; cuando se habla de el (sic) español, la significación es lingüística, puesto que se refiere a un sistema de denominaciones de los idiomas nacionales como entidades lingüísticas así nombradas. En el primer caso se caracteriza; en el segundo se identifica. La diferencia radical está en esto: como entidad idiomática, unitaria en sí y heterogénea con los otros idiomas, el español acaba donde empiezan los otros; éste es el español y ése, diferente, es el francés; como caracterización geográfico-política, español en nada quita que ese idioma, entero, sea también francés: el catalán y el vasco son españoles y franceses, por el Rosellón y por el Bearne; el francés, el italiano y el alemán son suizos; el alemán es francés, por la Alsacia, etc." (Castellano, español, idioma nacional; p.111).

 

Considérese en este punto la última observación: ¿cuándo decir español? En un artículo (‘¿Lengua española o castellana? Un problema de política lingüística’, en Serta Philologica F. Lázaro Carreter. Madrid: Cátedra, 1983, I, pp. 309-314), Juan M. Lope Blanch criticó duramente a los constituyentes españoles por haber preferido castellano a español. Según este estudioso, "lo que hoy debemos llamar castellano es el dialecto que norma el habla de Castilla, pero no el sistema lingüístico general" (p.312). El nombre del sistema lingüístico general es, precisamente, español. En esto coincide con muchos especialistas, que distinguen –técnicamente, metalingüísticamente– entre dialecto y sistema general. Ramón Menéndez Pidal había formulado su opinión más o menos en los mismos términos, en cita recogida por Amado Alonso: "Los filólogos de todo el mundo prefieren llamar a nuestro romance español. Menéndez Pidal, el maestro, plantea los términos con toda claridad, serenidad y cortesía. ‘Puesto a escoger’, prefiere español, pues todas las regiones colaboraron en el perfeccionamiento de la lengua literaria; castellano queda bien para la lengua del Poema del Cid, cuando la unidad nacional no se había consumado y cuando el leonés y el aragonés eran lenguas literarias; castellano suena geográficamente restringido y es bueno para designar los particularismos de Castilla" (Castellano, español, idioma nacional; p. 109).

 

Al respecto, puede y debe perdérsele el miedo a usar español como el nombre de la lengua. No se deja de hablar una lengua propia si se escoge hablar español. El término español puede ser usado por un peruano, un argentino o un mexicano para referirse a la lengua que habla sin que quien lo usa pierda su carácter nacional (su peruanidad, por ejemplo). Como sostiene Amado Alonso, en una opinión que es, además, una lección acerca de la naturaleza del lenguaje: "Evidentemente, esta idea de la lengua propia se debe a una ofuscación. Los bienes anotables en el registro de la propiedad son propios de uno cuando no lo son de los demás: una casa, un campo, y también este reloj y este bastón. Para poder ser de mi propiedad tienen que no ser de la propiedad de los otros. Pero el lenguaje no es de esta clase de bienes, sino, al revés, de aquellos que 'son mayores cuanto más comunicados', como decían los hombres en el Renacimiento. Una lengua es propia de una nación cuando es la que los niños aprenden de sus padres, la que los connacionales emplean en su vida de relación y la que sus poetas y escritores elaboran y cultivan estéticamente para sus producciones de alta cultura. Si es así, la lengua de un país es bien propia, absolutamente propia de ese país, aunque en otros países los niños aprendan a hablar la misma lengua, y los hombres se entiendan con ella, y los escritores la trabajen en sus creaciones culturales" (pp.136-137). Por ello, así como en los países francófonos se habla el francés, el français, el romance de la nación y de la literatura nacional, y no el francien, el nombre creado por los lingüistas para denominar al romance de la Isla de Francia, donde se originó el francés; y dado que ningún canadiense francófono, por ejemplo, se siente menos canadiense por hablar francés (y no se le ocurre llamar a su lengua francien o, para tal caso, canadien), no se ve la razón por la cual no pueda usarse español para denominar al idioma que hablan más de 300 millones de personas dentro y fuera de España ni existe motivo alguno para que cada una de esas personas no sienta su lengua como propia por llamarse ésta lengua española.

 

En síntesis, técnicamente y "puestos a escoger", como diría don Ramón Menéndez Pidal, se justifica la distinción entre castellano (el dialecto de Castilla) y español (la lengua española, el sistema lingüístico que incluye, ciertamente, al castellano, pero también a muchos otros dialectos y aun a muchas otras normas lingüísticas de naturaleza distinta de la dialectal, y que se distingue de otras lenguas nacionales). Debe acotarse, a la vez, que en el uso de muchos hablantes, castellano y español son sinónimos y alternan sin ningún problema. Por último, cabe destacar que los hablantes de idiomas extranjeros identifican como español a la lengua en la que se escriben estas líneas.

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