Trasfondo

 

Conversación con el Director de la Real Academia Española

 

El Director de la Real Academia Española, Víctor García de la Concha, visitó el Perú, Bolivia, el Ecuador y Colombia en la segunda quincena de marzo de 2000 con el propósito de presentar la nueva Ortografía de la lengua española en esos países y de coordinar con las academias locales el acopio lexicográfico que enriquecerá el próximo Diccionario de la lengua española, así como otros trabajos conjuntos. García de la Concha subrayó la unidad y homogeneidad esenciales del español hablado en ambas orillas del Atlántico y la nueva etapa de colaboración entre la Real Academia Española y las veintiún academias correspondientes o asociadas. En su estancia de cuatro días en Lima, el filólogo asturiano participó en actos promovidos por la Academia Peruana de la Lengua y las universidades de San Marcos y Ricardo Palma, y ofreció la conferencia “El español y la unidad del idioma” en el Congreso de la República. Dictó, asimismo, una conferencia en el auditorio de la Universidad Cayetano Heredia dentro de una actividad organizada por el Consorcio de Universidades. En su charla con Francisco Tumi Guzmán, que aquí se reproduce parcialmente, habló sobre los criterios de corrección idiomática, sobre el empobrecimiento del uso del español y sobre la enseñanza de la lengua en las escuelas y universidades, entre otros temas.

 

¿Cómo entender y, sobre todo, cómo aplicar criterios de corrección idiomática, o criterios de norma, en sociedades tan disímiles y segmentadas como la peruana?

Hay una norma y hay normas. Hay norma en singular y hay normas en plural. Cuando hablamos de fijar la norma de la Academia, estamos hablando de la norma en singular. Es fijar la norma del lenguaje estándar culto –y fundamentalmente escrito–, la cual, naturalmente, atiende también aquello que va observando no solo en la escritura de los grandes autores, sino también, por ejemplo, en los medios de comunicación.

 

Pero es evidente que por debajo de eso la lengua va evolucionando y va adquiriendo unas normas de uso que van estableciendo los hablantes y que van marcando algunas diferencias. Por fortuna, estas diferencias son fundamentalmente de léxico y algunas, muy pocas, de estructura sintáctica.

 

Ayer yo notaba que alguien utilizaba el verbo desaparecer con carácter transitivo, y decía “desapareció a tantas personas”, que en el buen sentido significa ‘hizo desaparecer a tantas personas’. Evidentemente, allí se está alterando el significado de un término, se está pasando un término que de suyo es intransitivo, desapareció, a una función transitiva. Esto ocurre con mucha frecuencia y llega un momento en que el uso novedoso se aclimata y entonces el diccionario lo registra, lo convierte en norma registrada.

 

Por ejemplo, el vocablo francés élite, que se incorporó al uso español hace ya tiempo, quizás por la influencia del acento –no pronunciado– que lleva en la escritura francesa, empezó a pronunciarse en muchos ámbitos élite. Dámaso Alonso, mi glorioso antecesor en la dirección de la Academia, luchaba contra ello y reiteraba “¡elite, elite!”, porque evidentemente la pronunciación correcta sería elite. Ahora bien, llega un momento en el cual son tantos los hablantes que pronuncian élite –los hablantes son los que hacen la lengua– que la Academia registra ambas pronunciaciones, élite y elite, pero dando preeminencia a élite, pues es la más difundida, aunque sea antietimológica.

 

Un abuso de la estadística…

Claro. Mire, la palabra nimio viene de nimis, que significa ‘exceso’, pero ha pasado a significar ‘lo más pequeño’, es decir, exactamente lo contrario. Hoy el diccionario registra nimio con sentido de ‘algo muy pequeño, insignificante’. La palabra álgido significa ‘frío’, pero empieza a decirse “está en su punto álgido”, con el sentido de ‘estar en su punto más caliente’. Y el diccionario ha de registrarlo.

 

De modo que la norma de uso de los hablantes va tirando, por decir así, de la lengua y hace que llegue un momento en que la norma correcta de referencia de la lengua estándar, de la lengua culta, adopte esos nuevos usos, siempre que no sean absolutamente contrarios al genio de la lengua, tal como se ha ido configurando ese genio de la lengua a lo largo de los siglos.

 

Usted ha hablado en varias ocasiones de un empobrecimiento del uso de la lengua. ¿Qué clase de esfuerzo debe hacerse para revertir este fenómeno? ¿Debe este esfuerzo plasmarse en políticas estatales?

 

Sin duda debe plasmarse en políticas estatales. El único remedio de eso está en la enseñanza y en los medios de comunicación, pero fundamentalmente en la enseñanza. Si en las escuelas primarias y secundarias no se crea el gusto por la lectura, que es donde realmente uno configura la lengua, donde uno va enriqueciendo léxico y formas de expresión, no hay mucho que se pueda hacer. La lectura significa un ejercicio activo, a diferencia de la contemplación de la televisión, que es un ejercicio fundamentalmente pasivo, o del acto de oír una radio, de oír una emisora, que también es un ejercicio pasivo. La lectura, en cambio, supone un ejercicio activo: hay que ir, hay que abrir el libro, hay que leer, hay que volver para entender, hay que subrayar. Eso es lo que va fijando el léxico y lo que va fijando formas gramaticales y estructuras. Si eso no se hace en la escuela primaria, pues, evidentemente, más tarde se adquirirá cada vez peor.

 

¿Qué hacer, mientras tanto, con la gente que ya está en la universidad y no ha realizado total o parcialmente ese aprendizaje, como ocurre ahora en el Perú?

 

Pues dígamelo a mí, véalo en España. Este no es un fenómeno que ocurre solo en el Perú, es un fenómeno de todo el mundo hispanohablante, y también se quejan de lo mismo los alemanes, los franceses, los ingleses etc. No hay más tarea que suplir lo que no se ha hecho en mucho tiempo, reforzando la afición a la lectura, por ejemplo.

 

¿Es usted partidario de incorporar cursos de lenguaje en los planes de estudio de las carreras usualmente consideradas tecnocráticas, por ejemplo la ingeniería o la economía?

 

Sin duda ninguna. No solo por el criterio humanístico que suponen las universidades, sino también por un criterio de practicidad. El lenguaje es esencial para configurar el pensamiento. Es decir, pensamos en lengua. No pensamos y después nos expresamos en lengua. Estructuramos la realidad en lengua. Por lo tanto, un ejercicio de buena estructuración lingüística de la realidad es útil para cualquier rama del saber y para cualquier profesión en la que se pretenda uno formar.

 

Algunos especialistas observan importantes fuerzas centrífugas en el español y algunos de ellos incluso prevén una pronta segmentación. ¿Es usted pesimista u optimista respecto al futuro de la lengua?

 

No creo que haya hoy una especial situación de segmentación. Yo creo que el español está viviendo un momento expansivo formidable y, naturalmente, como en todo proceso expansivo, pues cuando la cosa se expande hay más frentes de contacto, de asedio y de estímulo. Piense en lo que significa la formidable expansión del español en Estados Unidos, en Brasil, en Europa, en Japón. Yo creo que no hay ninguna razón para ser pesimistas en lo que respecta al futuro del idioma.

 

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