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El Comercio, Lima 12 de diciembre de 1999, p.C27 |
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¿Por qué protesta Felipe? Porque Mafalda no es lo
suficientemente realista. En efecto, esta, al tratar de reproducir en medio del
juego el disparo del revólver, incluye una y que Felipe objeta. Según
la argumentación de este, la y no corresponde a ningún sonido que se
asemeje, ni siquiera remotamente, al sonido producido por el disparo de un revólver. En
realidad, al colocar la y, Mafalda no ha pretendido reproducir solo el sonido
del revólver, sino también juntar tres palabras mediante una conjunción copulativa, es
decir, marcar una enumeración. En consecuencia, es posible afirmar que aquí se oponen
dos perspectivas: la de Felipe, que pretende que Mafalda reproduzca fielmente un sonido, o
sea, que imite la realidad con ruidos; y la de Mafalda, que es consciente de que bang
es una onomatopeya. Ya Antonio de Nebrija, en su Gramática de la lengua castellana
(IV,7), publicada en 1492, se refería a este tipo de palabras y Ferdinand de Saussure (Curso
de lingüística general, Primera parte, 1, § 2), al ocuparse de la naturaleza del
signo lingüístico, las menciona como ejemplos de lo arbitrario del signo. ¿Qué es una
onomatopeya? El Diccionario de lingüística (Madrid: Alianza Editorial, 1983,
s.v.), de Jean Dubois y otros, propone la siguiente definición: Se llama onomatopeya
a una unidad léxica [en otros términos, a una palabra] creada por la imitación de un
ruido natural. Por ejemplo, son onomatopeyas las palabras que buscan imitar el
sonido producido por el gallo: quiquiriquí (español), coquerico
[pronunciado kókrikó] (francés), cock-a-doodle-do (inglés). Lo
son también tictac, crac, tris y chinchín. A diferencia de
la imitación no lingüística (la que podría realizar, por ejemplo, un buen imitador),
la onomatopeya es una palabra y funciona como tal en cada idioma. Como acertadamente
sostienen Dubois y otros, esta [...] se integra en el sistema fonológico de la
lengua considerada: todos los fonemas de quiquiriquí, tic-tac, guau-guau
etcétera son españoles, aunque su combinación difiera un poco de las combinaciones más
frecuentes en la lengua (Jean Dubois y otros, Diccionario de lingüística,
s.v. onomatopeya). En esta misma condición, puede admitir las modificaciones y las
transformaciones de cualquier palabra: [...] podremos decir quiquiriquíes,
un guau-guau agresivo etcétera; eventualmente, puede ser posible crear
derivados a partir de ellas: un neologismo [como] quiquiriquear podrá recibir
cómodamente una interpretación semántica (Dubois y otros, op.cit.). Ciertamente,
de esta manera deben explicarse los verbos mugir, aullar y semejantes. Como
recuerda Emilio M. Martínez Amador (Diccionario gramatical y de dudas del idioma.
Barcelona: Sopena, 1985, s.v. onomatopeya): el buey muge, el pato parpa,
el gato maúlla, la gallina cacarea o cloquea, el cuervo grazna,
el pollo pía, el lobo aúlla, el león ruge, la rana croa, el
viento silba, los árboles susurran etcétera. Podría agregarse el
hecho de que es posible formar oraciones y hasta textos predominantemente onomatopéyicos
(como el siguiente chiste infantil: Pregunta: ¿Cómo se dice «El tren mató al
perro» en francés? Respuesta: «Le chuchú le mató le guau guau»).
Consecuentemente, puede decirse que Mafalda ha comprendido bien la naturaleza
lingüística de la onomatopeya bang. Como palabra que es, puede vincularse
perfectamente con otras palabras mediante la conjunción copulativa y y formar
una enumeración. Esto choca con la concepción realista de Felipe, más
teatral o cinematográfica que verbal, quien exige no onomatopeyas
sino, más propiamente, imitaciones no lingüísticas. Por ello, la alusión a don José
María Pemán (el escritor gaditano que representa, por antonomasia, a todos los
académicos de la lengua) debería aplicarse más a Mafalda y a su cultura
libresca o lingüística que a Felipe, quien en el juego pide más
realismo, como lo haría un director teatral o cinematográfico. |
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