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El léxico del "código restringido": una limitación para el aprendizaje

por Carlos Gatti Murriel

 

El lenguaje desempeña un papel muy importante en los procesos de aprendizaje y de socialización. Tanto es así que el desarrollo de la competencia lingüística permite al hablante ampliar su capacidad de aprender y de relacionarse con otras personas. Por ello, se puede sostener que quien ha adquirido un buen número de términos y de estructuras lingüísticas y los emplea está en posición adecuada para alcanzar éxito en los estudios y en la actividad profesional. No sucede lo mismo con aquel que no dispone de ellos y, en consecuencia, no los puede emplear. El fracaso en los estudios puede deberse, pues, a la limitación de la competencia lingüística del alumno.

 

Frecuentemente los adolescentes que aspiran a realizar estudios de nivel superior no están en capacidad de cursarlos por la falta de un instrumento lingüístico adecuado para emprender la tarea académica. Si bien el conjunto de recursos lingüísticos que el joven emplea corrientemente es suficiente en la vida cotidiana para establecer las relaciones dentro de su grupo, resulta inapropiado para las tareas que exigen rigor científico o desarrollo creativo. Ese conjunto de usos constituye un código al que algunos han denominado "restringido"1 Es un sistema "pobre ..., rutinario, impersonal, categórico y poco matizado ...2. Si el alumno usa exclusivamente tal código, encuentra muchas dificultades para aprender porque la transmisión de contenidos mediante ese instrumento es muy limitada. En cambio, si el alumno dispone de un código más complejo (el llamado "código elaborado"), la tarea del aprendizaje resulta más eficiente, más fácil y más rápida, además de gratificante.

 

Por lo señalado en el párrafo anterior, es conveniente que el docente esté al tanto de las peculiaridades del código restringido: un profesor atento a las limitaciones de sus alumnos puede ayudarlos a superar las dificultades de aprendizaje. A fin de colaborar con los maestros interesados en este asunto, y dados los propósitos de divulgación de este boletín, a continuación se incluye la relación de algunos de los rasgos del código restringido, en concreto de aquellos que Fernando Lázaro considera más claros y que presenta en el Curso de lengua española publicado en la serie de manuales de orientación universitaria de Ediciones Anaya. En la página 435 del texto citado, dicho autor destaca "la limitación cuantitativamente considerable del número de vocablos" y el "escaso empleo de palabras sinónimas". Señala que eso es muy acusado "en el caso de los adjetivos y de los adverbios (pocos y nada variados; muchos son considerados groseros dentro del código elaborado)". También se refiere a la sintaxis pobre, al "empleo simple y repetitivo de las conjunciones o de las locuciones conjuntivas (o sea, y entonces, porque, así es que etc.)" y a la "desorganización del contenido de la información". Otros rasgos que considera son el "empleo frecuente de la construcción impersonal (Y es que uno es como es; Se va tirando; Y dice uno ... )"; el uso de "aserciones, negaciones y mandatos categóricos (Que fue así, que te lo digo yo; ¡Ni hablar!; ¡Porque te lo mando yo!)"; el "pudor ante las afirmaciones futuras (El domingo queremos ir a..., en lugar de iremos)"; la "frecuente apelación al consenso del interlocutor (¿No cree usted que mi marido debía trabajar menos?; ¿Te das cuenta?; Ya se sabe...)"; el "empleo (aunque decreciente en las generaciones más jóvenes) de refranes (Haz lo que quieras, pero quien mal anda... ; Ahora no me cambio; por la noche, todos los gatos son pardos)"; el "uso abundante de interjecciones o frases interjectivas". Completa ese listado con una referencia a la "resistencia (que resulta casi siempre de la incapacidad) a la expresión personal e individualizada". Él destaca que "no se desea salirse de lo que es normal y corriente dentro del grupo a que se pertenece".

 

En las líneas siguientes plantearemos algunas consideraciones a propósito del léxico del código restringido. El usuario de tal código conoce pocas palabras; es decir, posee una competencia lingüística pasiva muy limitada. Sin embargo, el número de términos que emplea es menor que el que conoce; es decir, su competencia activa es más limitada que la pasiva. Por ello, frecuentemente el hablante recurre al uso de las palabras llamadas "fáciles", "baúles" o "comodines"3. Por ejemplo, el sustantivo "cosa" es un término muy empleado para referirse a objetos muy diversos. Como consecuencia de ello el mensaje que incluye a esta palabra resulta impreciso. Eso se puede notar en los siguientes enunciados: "¿Qué cosa quieres?", "La música es una cosa que te entusiasma", "Pon tus cosas aquí", "No repitas esas cosas", "¡Cuántas cosas sabe!". Evidentemente, en esas oraciones se ha recurrido a la palabra "cosa" para aludir a realidades muy distintas, a las cuales el hablante podría haberse referido con mayor exactitud.

 

Del mismo modo, se suelen emplear abusivamente unos pocos verbos. A fuerza de repetirlos en tantos contextos o en situaciones tan variadas, los enunciados en los que aparecen resultan vagos. Entre los verbos baúles se pueden mencionar especialmente "hacer", "tener", "poner". Oraciones como las citadas a continuación los incluyen: "Hizo un edificio en pocos días"; "Tiene la plata en el banco"; "Pon tu dirección acá". Indudablemente resulta más preciso decir "construir un edificio", "guardar el dinero" o "escribir (o anotar) la dirección"; pero la fuerza del término fácil es tan grande, que su uso tiende a imponerse a pesar de la indeterminación que genera. En términos económicos, podría decirse que el uso de estas palabras baúles implica una menor inversión para el hablante, pero genera, a la vez, un menor rendimiento. Como se ve, la falta de conocimiento léxico del hablante, en unos casos, o la poca disposición de éste para usar términos que conoce, en otros, lo induce a la repetición de unas cuantas palabras. A todo ello hay que agregar el hecho de que el usuario del código restringido no conoce o no emplea sinónimos. Por tal motivo, carece de las posibilidades que éstos brindan para matizar y enriquecer el conocimiento y la expresión.

 

En el proceso de formación de los jóvenes, es fundamental que trabajen para lograr la ampliación del conocimiento léxico y el empleo de los términos aprendidos a fin de que aquéllos enriquezcan su capacidad de distinguir objetos. De este modo, acrecentarán el conocimiento y mejorarán su modo de expresión, lo que redundará en una comunicación más efectiva. Como dice Alfonso López Quintás, "una forma adecuada de expresarse fomenta la creatividad, la encauza debidamente y, por el contrario, un modo desajustado de expresión bloquea el impulso creador"4. El mismo autor, al tratar de la necesidad de expresarse con rigor, señala: "Una de las manifestaciones más significativas del pensamiento riguroso es la comprensión bien aquilatada del lenguaje. Para conseguirla, debemos ejercitarnos con tenacidad en el análisis de los términos[...]"5.

 

Con el propósito de sensibilizar al alumno respecto a la necesidad de la expresión exacta, de acrecentar su vocabulario y de inducirlo al uso de términos recién aprendidos o ya conocidos, pero que no usa, es conveniente proponerle ejercicios en los cuales se identifiquen palabras baúles y se reemplacen por otras de significado más preciso. A continuación se ofrecen algunas oraciones que podrían servir para ejercitarse en lo mencionado (entre paréntesis se sugieren términos más precisos):

 

 

Hizo una poesía en dos horas.   (Compuso una poesía en dos horas.)
El violinista hizo música clásica. (Interpretó, ejecutó, compuso ...)
Tuvo éxito gracias a su esfuerzo. (Alcanzó, logró ...)
Pon tu dinero en el banco. (Guarda, deposita ...)
No es cosa fácil resolver ese problema. (Tarea, empresa ...)
Todavía tiene la corbata que le regalé. (Conserva, guarda, usa ...)

 

También son útiles los ejercicios en los cuales se debe reemplazar toda una serie de palabras por un término que diga lo mismo y sea adecuado al contexto, lo cual implica buscar y aprender (si no se conocen) expresiones más precisas y económicas. Por ejemplo, se puede pedir al alumno que cambie por una palabra precisa lo subrayado en la oración "Es una persona que vive muchos años". En ese caso, lo subrayado (que es una proposición subordinada de relativo o adjetiva) puede ser sustituido por el adjetivo "longeva". Tal tipo de ejercicio lleva al alumno a cumplir una tarea que lo beneficia en muchos aspectos: lo vuelve más exacto, le permite establecer equivalencias, favorece su creatividad, desarrolla su sentido económico etc. En el desempeño de la tarea docente, es posible notar la utilidad de estos ejercicios para lograr que los alumnos aprendan a distinguir matices significativos. Así, cuando se les pide que reemplacen por un adjetivo lo subrayado en la expresión "personas que tienen la misma edad", es frecuente que propongan la palabra "contemporáneas". Sólo después de una reflexión sobre ese término, se percatan de que el significado del adjetivo "contemporáneo" se distingue del significado del adjetivo "coetáneo", y de que la forma "coetáneas" es la que debe usarse en el mencionado ejercicio.

 

Como anota Fernando Lázaro, la limitación léxica es particularmente notable en el caso de los adjetivos y de los adverbios. Tal carencia crea dificultades tanto en la comprensión del contenido como en la elaboración de textos científicos. Ello es particularmente destacable si se tiene en cuenta la importancia que alcanzan los adjetivos y los adverbios dentro de las descripciones o las definiciones, modelos básicos de textos empleados por el saber de la ciencia. Bastan unos ejemplos elementales para percatarse de tal importancia. La definición "el hombre es animal racional" quedaría incompleta si se le quitara el adjetivo "racional", al cual corresponde especificar de qué tipo de animal se trata. Algo similar sucede en el caso del enunciado "el diamante es carbón cristalizado", en el que "cristalizado" especifica. El lector no puede dejar de lado lo que aportan los adjetivos en ambos casos. Si lo hace, el conocimiento y la comunicación se vuelven incompletos e imprecisos. Algo similar sucede con los adverbios; en las oraciones mencionadas a continuación, los adverbios desempeñan una función muy importante, como el lector fácilmente podrá advertir.

 

"El ojo sólo percibe claramente aquello en lo que se concentra en un momento determinado."
"El agua siempre hierve a cien grados C."
"El agua eventualmente hierve a cien grados C."
"El agua nunca hierve a cien grados C."

 

Si se considera que el usuario del código restringido es poco sensible para captar los contenidos de los adjetivos y los adverbios, se puede comprender la gran limitación de aquél para ingresar en el mundo del conocimiento y de la comunicación que trasciende a las exigencias de la vida cotidiana y rutinaria.

 

Si la competencia del usuario del código restringido es limitada en lo referente al uso de sustantivos, verbos, adjetivos y adverbios, más lo es a propósito de las conjunciones, frases conjuntivas y otros nexos. Se puede notar que a menudo se usan sin el valor lógico que encierran, es decir, se vuelven palabras vacías. Eso sucede, por ejemplo, con expresiones como "o sea", "así es que", "y entonces" etc. En el lenguaje elaborado, la expresión "o sea" sirve para establecer una relación de equivalencia entre algo ya dicho y lo que sigue. Frente a ello, muchos enunciados de jóvenes (y aun de mayores) suelen iniciarse con un "o sea" que no establece ninguna relación de equivalencia, pues nada se ha dicho antes. Así, ante la pregunta de un profesor, no es raro que el interrogado inicie su respuesta con un "o sea" vacío. En verdad, el usuario ha reducido esa expresión a una "muletilla"6, es decir, a un mero apoyo sicológico que ha perdido valor semántico.

 

Hay que señalar, sin embargo, que al lado del mencionado "o sea" y de varios otros nexos, también se suelen usar frecuentemente con carácter de "muletillas" otras clases de palabras, como "bueno" o "este", que han perdido su valor originario. Basta prestar atención a las intervenciones de los alumnos para percatarse de la cantidad de ocasiones en las que usan estas palabras como meros apoyos que entorpecen la comunicación y nada aportan en el aspecto racional.

 

Para concluir con esta breve visión del léxico del código restringido, recordemos que, según Lázaro Carreter, en él es frecuente el uso de interjecciones o frases interjectivas, las cuales adquieren a veces formas eufemísticas. En Lima, por ejemplo, se suelen oír reiteradamente expresiones como "pucha" o "ta que", las cuales son empleadas con valor interjectivo. Esas palabras, que provienen de expresiones más toscas, se alternan con otras interjecciones frecuentes en las bocas juveniles. Esas expresiones desempeñan una función y tienen valor en el coloquio cotidiano; pero no sirven para el desarrollo del rigor propio de las tareas científicas.


1 Según Basil Bernstein (sociólogo inglés que ha estudiado la relación entre clases sociales y habla de jóvenes londinenses), el código restringido (restricted code) es "el sistema lingüístico que caracteriza una forma de hablar relativamente poco desarrollada". Código amplio o elaborado es "el sistema lingüístico que caracteriza una forma de hablar relativamente muy desarrollada". Paul Garvin y Yolanda Lastra de Suárez, Antología de estudios de etnolingüística y sociolingüística. México: Universidad Nacional Autónoma de México. Instituto de Investigación Antropológica, 1974, p. 476.
2 Lázaro, Fernando. Curso de lengua española, Madrid: Anaya, 1981, p.435.
3 Fernando Lázaro dice: "Llamamos palabras baúl [a] aquellas de significado tan general, que pueden servir para casi todo; con lo cual apenas si significan algo". Ibíd, p.88.
4 Alfonso López Quintás. Cómo lograr una formación integral, Madrid: San Pablo, 1996, pp. 51-52.
5 Ibídem, p.52.
Al respecto, puede resultar interesante notar que Bernstein encontró un mayor uso de "muletillas" (denominadas por él sympathetic circularity markers) en el lenguaje de jóvenes obreros que en el de jóvenes de clase media (Cfr. Martin Montgomery, An introduction to language and society2, Routledge: London and New York, 1995, p.146.)

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